Club de los lunes. Estamos leyendo…

10 mayo, 2010

…La soledad de los números primos

Paolo Giordano

En una clase de primer curso Mattia había estudiado que entre los números primos hay algunos aún más especiales. Los matemáticos los llaman números primos gemelos: son parejas de números primos que están juntos, o mejor dicho, casi juntos, pues entre ellos media siempre un número par que los impide tocarse de verdad. Números como el 11 y el 13, el 17 y el 19, o el 41 y el 43. Mattia pensaba que Alice y él eran así, dos primos gemelos, solos y perdidos, juntos pero no lo bastante para tocarse de verdad.” Esta bella metáfora es la clave de la dolorosa y conmovedora historia de Alice y Mattia. Una mañana fría, de niebla espesa, Alice sufre un grave accidente de esquí. Si la firmeza y madurez con que este joven autor desarrolla el tono narrativo impresiona y sorprende, no menos admirable es su valor para asomarse sin complejos, nada más y nada menos, a la esencia de la soledad.


Club de los miércoles. Estamos leyendo…

7 mayo, 2010

El mayor poeta del mundo

Julio Rodríguez

Se llama Mario García, tiene 23 años y es asturiano. Lo ha leído todo (eso sí, nada posterior a 1955) y no ha vivido nada. Está convencido de que es el elegido, el llamado a ser el mayor poeta del mundo. Es borrachín, homófobo y algo racista. De memoria prodigiosa y de ego desatado. No ha conocido hembra ni ha salido -aunque esté muy salido- de su aldea. Escribe poemas por devoción y por vocación, como un sacerdocio laico irrenunciable, mientras cuida del ganado familiar y se escaquea de otras labores caseras. Habla siempre, venga o no venga a cuento, echando mano de versos ajenos, de metáforas gastadas, de frases grandilocuentes y excesivas, siempre exaltado, lapidario, narcotizado por la palabra pretendida y pretenciosamente sublime y poética. Se pasa el día en la biblioteca postiza de su tío -un tahúr analfabeto- hasta que decide irse a Madrid a probar fortuna, a demostrarle al mundo que hay un antes y un después de su obra, a buscar la gloria, a decirle al universo que es el mayor poeta del mundo. A partir de estas premisas se desarrolla el argumento de El mayor poeta del mundo, primera novela de Julio Rodríguez (Oviedo, 1971), que obtuvo el premio de novela «Vargas Llosa» de 2005, después de ser finalista del «Planeta» en 2003. Una novela llena de literatura, de humor y de tristeza, en la que se ponen en evidencia los malos modos y los malos modales, la frustraciones, las apariencias, los deseos incumplidos, las zancadillas de la gloria literaria, la vanidad, la inconsciencia, el incontrolado deseo de triunfo, las pequeñas miserias de la autocomplacencia y las expectativas mal medidas.


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7 mayo, 2010

La casa y el viento

Héctor Tizón    

 “La historia de un hombre es un largo rodeo alrededor de su casa. Cuando se clausuran las puertas y es forzoso abandonar la tierra, cuando huir es la única forma de irse, ¿cómo escapar al olvido y al silencio?

Héctor Tizón convierte la memoria en palabras y el viaje, en reflexión y exorcismo. El derrotero de un hombre que se niega a dormir entre asesinos, y que no se resigna a la espera. Éste será el testimonio balbuciente de mi exilio; pero quisiera que también lo fuese de mi amor a esta tierra y a los hombres, a mis vecinos, en los días en que se acobarda, aterroriza y mata.

En el prólogo a esta edición definitiva Tizón advierte que «el regreso no existe», pero esta novela, en su dolorosa belleza, es también plegaria, promesa y esperanza. Porque aunque la casa se desvanezca, en el corazón permanece intacta”.

En la situación del exiliado en la que se encuentra el protagonista, la casa-cripta se vincula no tanto al sueño de la infancia sino a la condición traumática de la pérdida a causa de la represión y el abandono involuntario. El protagonista/narrador niega la pérdida enterrando vivo el objeto perdido que es su casa. En este proceso de la incorporación la casa-cripta deja al mismo tiempo irresuelto el duelo. Como si las paredes de esta casa protegieran los recuerdos, tanto imágenes como sonidos, es decir el tiempo perdido, de la posibilidad de ser objeto de duelo: “Pero mi casa, junto a las vías, es también sonar de trenes raudos, resoplantes trenes a través de la noche, como una parábola”.

Al final son las imágenes (símbolos) los elementos constitutivos claves de la memoria, imágenes que sirven como instrumentos en el trabajo del duelo siendo la raíz de una crisis existencial en la condición del exiliado que perdió la casa. Así los recuerdos narrados adquieren a través del lenguaje del narrador una dimensión espacial:  “La memoria convertida en palabras, porque es en las palabras donde nuestro pasado perdura, y en las imágenes (¿no son las palabras sólo imágenes?). Así el lenguaje es también el recurso de nuestra propia desdicha; y el hombre lejos de su casa se convierte en una llamada sin respuesta”