Club de los Miércoles. Estamos leyendo…

17 enero, 2018

La llave de Sarah

Tatiana de Rosnay

París, julio de 1942. Las autoridades arrestan a 13.000 judíos ante la mirada de los parisinos, que guardan silencio por miedo, indiferencia o simple interés, pues esperan ocupar las viviendas vacías. El pequeño Michel se oculta en un armario para huir de la redada. Su hermana Sarah cierra la puerta para protegerle y se guarda la llave, pensando que va a regresar en unas horas. Sin embargo, el destino de los Starzynski es protagonizar una de las páginas más luctuosas de la historia gala. Los gendarmes confinan a los miles de detenidos durante cinco días en el Velódromo de Invierno, cerca de la Torre Eiffel, sin comida ni agua. Después envían a las familias a un campo de concentración francés, donde los separan como paso previo a su posterior traslado a Auschwitz.

París, mayo de 2002. Julia Jarmond, una periodista norteamericana afincada en Francia desde hace veinte años, recibe el encargo de preparar un reportaje con ocasión del sexagésimo aniversario de la redada. La reportera reconstruye el itinerario de los Starzynski y la lucha denodada de Sarah por salvar a su hermano, pero lo último que puede imaginar es que la investigación le conduzca hasta los Tézac, la familia de su marido. La epopeya de la niña judía será un ejemplo a seguir para Julia y para quienes han vivido marcados por el peso de la culpa. La llave de Sarah abre, entre otras cosas, la puerta de la redención.

Nos reunimos para hablar de La llave de Sarah el 21 de febrero de 2018

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Club de los Lunes. Estamos leyendo…

15 enero, 2018

Manual para mujeres de la limpieza

Lucía Berlín

Su escritura, aun estando dentro de la gran tradición americana del cuento que procede de Chéjov, es absolutamente singular

El olor a verdad lo percibe el lector en cuanto empieza a leer. No se trata tanto de que cuente su vida, sino que lo que cuenta y, sobre todo, la manera de decir las cosas, posee una naturalidad fascinante. Cuenta como si se tratara de su propia vida (y en muchos casos lo es, en toda clase de detalles y anécdotas), pero habla de una experiencia humana que va más allá de lo personal, que se ceba en lo significativo, que se abre al mundo en vez de quedarse en el ámbito y la crónica de la propia vivencia. Lo que la mirada de Lucia Berlín abarca no tiene desperdicio y, además, escribe con un estilo en el que la espontaneidad juega duro. La espontaneidad, aquí, no es solo moral o social, es pura estética. Tampoco le importa soltar el relato una vez que ha conseguido decir lo que quiere, sin necesidad de cerrar una construcción como mandan los cánones.

Lucía Berlín es libertad y es intensidad: una mezcla emocionante. Su escritura parece saltar de una cosa a otra, como quien mira una habitación llena de trastos y mira sin orden, pero sabiendo perfectamente de qué habitación se trata. En realidad, el momento mágico de su escritura llega cuando el orden se revela y uno comprende que todo tiene su lugar por desconcertante, emotivo o cruel que parezca, y que la vida, como la escritura, consiste en ser receptivo y no dejarse vencer por la apariencia de los demonios. Es como uno de esos cuadros modernos que parecen representar un trozo de pared desconchada como cualquier otra que vemos por la calle hasta que nos percatamos de que ese motivo ha sido elegido y construido. Ahí aparece el valor trascendente de la mirada del artista que nos invita a comprender y compartir lo que él ha visto. La mirada del artista es la que, donde los demás ven lo obvio, ella ve lo distinto.

(Fragmentos del artículo de José María Guelbenzu en Babelia, 2 de mayo de 2016)
Hablaremos de esta novela el 19 de febrero de 2018